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Los primeros Sefardíes en Melilla

 Por María Elena Fernández Díaz (Historiadora y Coordinadora del Proyecto SEFAMEL); Mordejay Guahnich (presidente de Mem Guímel e investigador de la cultura Judía-Sefardí)

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Melilla, antigua Rusadir, hoy en día, Ciudad Autónoma, fue el lugar elegido para la  vuelta de los sefardíes tras cuatro siglos de ausencia. En Melilla vive en la actualidad una de las comunidades judías más fascinantes del mundo, cuyos miembros son descendientes de sefardíes que se trasladaron al continente africano tras la expulsión. Un ejemplo de supervivencia judía, donde la continuidad de tradiciones y liturgia sefardíes le hace ser tan interesantes.

El 31 de marzo de 1492 firmaban los Reyes Católicos en la Alhambra de Granada el Edicto de expulsión de los judíos de toda España, de todos sus señoríos y dominios, dándoles como fecha tope de salida el 31 de julio. Un numeroso contingente desembarcaron  en Orán (Argelia), Tetuán (Marruecos) y otras ciudades del norte de África incluida Melilla, estableciéndose  en todas las ciudades del litoral Mediterráneo y Atlántico, desde Trípoli (Libia) a Salé (Marruecos)  además de en Extremo Oriente.

En la costa del Norte de África, sobre todo en la del Mogreb, se establecieron varias comunidades hebreas, existiendo  una importante colonia judía en Melilla ya antes de la llegada de  estos expulsados; pero, en 1497, los moradores de la ciudad,  cansados de las guerras entre los reyes de Tremecén y Fez por disputarse la posesión de Melilla, la abandonan y arrasan,  marchandose a vivir, a las kábilas de los alrededores, como Beni-Sidel o Beni-Bugafar de donde retornarían cuatro siglos después. Dichas kábilas  desde antiguo tuvieron núcleos judíos, hasta que emigraron en masa a la plaza de Melilla a finales de 1883. Eran sus habitantes judíos sefardíes debido a esa fusión con los expulsados, aunque no dominaban el español, idioma que perdieron con el paso de los siglos.

El Primer Recinto Fortificado  fue testigo de los diferentes contactos de los judíos con la guarnición existente desde 1497, fecha de la fundación de la Melilla española.

El primer episodio vinculado con los judíos sefardíes lo encontramos en el Archivo General de Simancas, donde diferentes cartas nos informan de su presencia en fecha temprana. El 12 de julio de 1550, siendo Alcaide de Melilla D. Juan de Perea, aún plaza en propiedad de la casa Ducal de Medina Sidonia, apareció en las inmediaciones un contingente de hombres a cuya cabeza iba el que fuera Emir de Debdú, Mulay Amar, que había sido destronado por el rey de Fez,  pidiendo protección en esta Plaza cristiana junto con su ejército,  vasallos y séquito. A la guarnición les causa extrañeza el lenguaje utilizado para comunicarse con ellos “a la manera de sus abuelos”, manera de hablar de los judíos sefardíes, que empleaban un castellano propio de hacía un siglo. Entre el séquito iba un número elevado de sefardíes que se desplazaban con el Emir desde Debdu, puesto que allí existía una comunidad sefardí importante. El Alcaide les recibe y permite alojarse dentro de  la zona dominada  por la Plaza, prolongando el Emir todo lo que pudo su estancia. Y viendo a sus gentes protegidas por las armas castellanas, pidió incluso, a las altas instancias del Imperio, la gracia de ser trasladados tanto él, como su ejército y corte, a tierras europeas para ponerse al servicio del Emperador. Dicha petición fue desestimada obteniendo por respuesta, un silencio administrativo que desesperaba al Alcaide Perea, ya que comprobaba como sus provisiones desaparecían, pues este contingente, que contaba con tres centenares de personas, vaciaba sus exiguos almacenes.

Sería en febrero de 1551 cuando llega una carta con la noticia de la derrota del rey de Fez a manos de turcos y del rey de Argel, pidiendo al Emir Mulay Amar que se uniera a ellos, saliendo de la plaza con su ejército, pero dejando bajo la protección castellana a ciento ochenta personas que formaban su sequito, para recuperar sus dominios.

Una vez asegurado su poder, regresa a la Plaza y es cuando se entera del fallecimiento de su mujer Lal-la Milala durante una epidemia castellana- fallece de modorra, una parálisis que hizo en esos años estragos-. En agradecimiento a la protección ofrecida regala a los príncipes regentes, “seis caballos, seis negros, cuatro halcones y una bestia montés”, como refiere Mir Berlanga de los datos extraídos del Archivo Provincial de Málaga. Y además, no pararon ahí sus presentes, regalando una vaca a cada soldado de a caballo y un carnero a cada uno de infantería, lo cual debió ser muy celebrado entre la guarnición.

Abandono la ciudad dando su agradecimiento por la acogida brindada a sus gentes y por las exequias dedicadas a su esposa fallecida, pidiendo al Alcaide que construyese un panteón sobre la tumba de esta. Se ignora si esto fue realizado por Don Juan de Perea y el emplazamiento de la  misma y  De Lal-la Milala  seguimos ignorando si era musulmana o judía.

Entre los siglos XVI al XIX se comprueba la existía un alto porcentaje de sefardíes instalados en las costas marroquíes que trabajan tanto en el Mediterráneo como para el interior del Magreb, teniendo durante estos siglos numeroso contactos con Melilla con la que intercambiaban informaciones y productos, pero a los que les era negada su estancia permanente.

Es con la guerra de 1859-60 cuando España ocupa Tetuán, sacando del estado de segregación y miseria a esos sefardíes, que se dirigirán a las tropas en haketía, siendo ese mismo año cuando aparecen los primeros judíos en la Plaza española de Melilla, pudiendo señalar esa fecha como el punto de partida para un cambio de la vestimenta del sefardí marroquí, que la cambia por la europea, abandonando así su seña de identidad huyendo de las imposiciones marroquíes sobre su vestimenta.

Pero al abandonar España Tetuán, la venganza contra los judíos fue notoria y evidente, recibiendo Marruecos una llamada de atención de diferentes embajadores y cónsules europeos que se interesaban por los lamentables sucesos  acaecidos en el interior del país.

No sería hasta 1864 cuando en virtud la Real Orden de 17 de febrero de 1864 se les permitió residir a los extranjeros de forma continuada, siendo esta orden aprovechada por judíos sefardíes procedentes de puntos tan distantes como Tetuán, Tánger, Fez, o tan cercanos como Beni Sidel, los que a lo largo del siglo XIX decidieron residir e instalarse en esta ciudad, sirviéndoles este enclave, tanto de establecimiento de comercios de venta al por mayor y menor en la Plaza como de enlace comercial con el Mediterráneo, -Orán, Gibraltar, Ceuta, Tánger, Tetuán…-  y del interior de Marruecos  – a través caravanas como la de Debdú -, importando  liturgia, costumbres y tradiciones sefardíes que perviven  en la actualidad.

Las habilidades comerciales de estos sefardíes les convertían en unos excelentes socios para los negocios, instalando en la Plaza varios de estos.

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En 1864 entran a formar parte de la ciudadanía los hermanos de origen tetuaní,  Menajem y Aarón Obadía, que alquilan una casa situada en la calle del Horno por una suma de 14.000 reales de vellón, en monedas de plata y oro. Meses después encontramos documentada la llegada de otro sefardí, Mesot Obadía, que ocupará otra casa de la calle San Miguel, exactamente en el nº 22, aunque nada nos puede demostrar que no hubiera hebreos que ya residieran allí de forma temporal, sujetos a las idas y venidas de las rutas caravaneras que hacían escala en esta ciudad, siendo el germen de la futura Comunidad Israelita de Melilla, que tras cuatro siglos de la expulsión, obtienen la nacionalidad española.

El entramado de calles de Melilla la Vieja, como popularmente es conocida por los melillenses su Ciudadela, es el lugar de residencia. En las calles San Miguel, Horno, La Parada, Alta, San Antón, Callejón del Moro, Plaza de los Aljibes o Doña Adriana instalan sus viviendas y negocios, apareciendo vinculados a ellas, entre otros, los hermanos Salama Roffé, David Melul o el Rabino Don Halfón Hachuel que compatibilizó sus dotes de comerciante con la de dirigir la primera sinagoga instalada en la Calle San Miguel.

En diez años ya había empadronados en la ciudad veinticinco sefardíes, la mayoría tetuaníes que residían sin sus respectivas familias, lo que no quiere decir que no habitasen muchos más, ya que realizaban constantemente viajes de negocios tanto a sus ciudades de origen como al interior, como Debdú o Tafilat, residiendo temporalmente en la ciudad. En 1884 ya había censados ciento cincuenta y siete, sumándose a estos los que tenían su residencia temporal, siendo tanto el empuje comercial como la seguridad que les ofrecía la Plaza las claves que nos explican su asentamiento definitivo en la misma. En 1893 había ya 572 judíos censados, de los cuales la mitad eran mujeres y niños.

El primer negocio del que tenemos constancia documental lo poseía David Benoliel junto a Jacomi Traverso, que habían creado una Compañía dedicada a la venta de géneros al por mayor y menor.

El primer cementerio sefardí instalado en la ciudad de forma ordenada y organizada fue el que entre 1869/70-1893 se instala en el cuarto recinto fortificado, en la zona denominada La Alcazaba y llamado de San Carlos, ubicándose en dicha zona por estar asentados ya allí, los Cementerios Municipal y el Civil de la Ciudad. La mayoría de las  tumbas se encuentran sin lapidas, esto puede ser debido al expolio, el paso del tiempo o  carecer de las mismas en su día. La única  totalmente legible, es de mármol con forma de corazón con  la inscripción  “Sol Benmejara Fallecida el 1º de Agosto 1891, a la edad de 54 meses, recuerdo de tus padres”.

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