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Los Judíos de Melilla «Historia Judía en Melilla»

 Por Severiano Gil (Escritor)

 Los judíos de Melilla Los judíos de Melilla proceden de dos orígenes distintos, actualmente fusionados sin ningún tipo de diferencia apreciable. Unos son descendientes de una inmigración procedente de Tetuán que, en 1862, abandonaron su ciudad junto con las tropas españolas después de la Paz de Uad Ras.

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Eran en su mayoría sefardíes descendientes de los expulsados por el decreto de los Reyes Católicos; conservaban las trazas de su cultura hispana, hablaban jaquetía –castellano antiguo— y llegaron en una disposición cultural y económica  suficientemente holgada como para prosperar casi de inmediato y, lo que es más, hacer prosperar también económicamente a la Melilla decimonónica.

La totalidad de ellos alcanzó la nacionalidad española en 1871. Se denominaban a sí mismos como judíos megoráshim, para diferenciarse de los toshabim, que son los que analizaremos a continuación.

Los toshabim, o judíos magrebíes, eran producto de una emigración forzada por la situación creada en Marruecos por la guerra entre el sultán Mulay Abdelaziz y el pretendiente a la Corona, conocido como Er-Roghi Buhammara; las luchas entre ambos ejércitos y los desmanes cometidos por los dos contra los judíos autóctonos marroquíes, les obligaron a huir y acogerse a la seguridad de las fronteras españolas.

Esta llegada se produjo escalonadamente, en oleadas que comenzaron en el verano de 1903 y duraron hasta el otoño de 1904.

Separados en principio de sus correligionarios españoles en orden a sus distintas raíces culturales y, sobre todo, sociales –eran gentes de entorno rural sin la decisiva formación hispana de los sefardíes—, con el tiempo fueron asimilándose a los primeros, creándose una definitiva Comunidad Israelita local que es la que actualmente forma parte de la sociedad melillense.

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La Comunidad Israelita de Melilla

Resulta del todo imposible establecer una fecha de partida para fijar la presencia judía en la ciudad de Melilla, y esta dificultad radica, precisamente, en la antigüedad de la misma; pero no es descabellado determinar que, en el siglo VII aec., el enclave fenicio entonces conocido como Rusadir contaba con presencia hebrea fundida dentro de la dinámica comercial procedente de las costas de Canaán.

No faltan sin embargo datos sobre una importante presencia judía en el norte de África a partir de la hegemonía de Cartago, de donde podemos deducir acertadamente que en la Rusadir púnica del siglo II aec. la cultura hebrea no era desconocida; aunque no es hasta después de la entrada en escena de Roma que los datos a este respecto adquieren el rango de crónica histórica.

Gracias a la proligidad y a la amplitud de la documentación de cuño latino, podemos descubrir que, alrededor del Siglo I aC., el norte de África era un territorio poblado por habitantes autóctonos –númidas y mauri según la denominación romana—, sometidos a la administración del Imperio e influenciados totalmente por la antigua cultura púnica. Dentro de ese ambiente abigarrado, las colonias netamente judías –en muchos casos ciudades y enclaves a los que Roma reconocía una total autonomía política y legislativa—formaban una dilatada cadena que enlazaba el estrecho de Gibraltar con las costas orientales del Mediterráneo, desde Septen frates (Ceuta) a Alejandría, pasando por la propia Cartago (Túnez), Leptis Magna, Cirene (Cirenaica) o Berenice (Bengasi).

Al trabajar estos datos históricos tan contrastados no es posible hurtar a Melilla, la antigua Rusadir, de este entorno de clara preponderancia judía, tanto en lo comercial como en lo cultural y religioso. De hecho, en el museo de nuestra ciudad Autónoma se conserva una moneda acuñada en Judea y fechada en el siglo I aec., lo que avala la coexistencia de los intereses romanos mezclados con la dinámica comercial hebrea, heredera en muchos sentidos del amplio teatro mercantil forjado por fenicios y cartagineses.

La victoria romana en las guerras judaicas determina que, en el año 70, una oleada de israelitas abandone Canaán para dirigirse hacia los enclaves norteafricanos, libres todavía de la venganza imperial dispuesta a someter a súbditos tan levantiscos. Cincuenta años después, estos mismos enclaves se convierten en un problema grave cuando, concienciados de su odio hacia los destructores del templo de Jerusalén, se alzan en armas contra sus dominadores y libran una guerra que acaban por perder, pero que les hace buscar una seguridad relativa abandonando la costa y penetrando mucho más profundamente que antes en el interior del territorio africano.

Dieciocho años más tarde, en Canaán vuelve a estallar la rebelión, y, esta vez, Roma está decidida a que será la última. Así, en el año 135 de nuestra Era, el imperio deporta por millares a las familias judías que todavía habitaban el solar patrio, generando una segunda diáspora que sería la definitiva.

Pare de estos deportados errantes elije el norte de África como meta y, apoyándose en los viejos enclaves de tradición judía, propician una migración hacia el Oeste que, esta vez sí, alcanza de un modo masivo las costas atlánticas de lo que ahora es Marruecos, y allí, afincándose con fuerza a esta última oportunidad, dan inicio a un movimiento de desarrollo que acabaría por dar carta de naturaleza a todo el entorno que ahora conocemos como Magreb.

Animados de su tradicional sentido de la supervivencia y aportando una experiencia de siglos, la cultura judía gana adeptos entre el sustrato poblacional libio-púnico, acabando por sumar su identidad a la complejidad actual que se ha venido en llamar cultura bereber.

Cuatro siglos después, el Islam llega desde Oriente y, para su sorpresa, se tropieza con una inesperada estructura política que le hace frente ya desde los territorios del actual Túnez. Tribus y reinos independientes entre sí, pero  identificados –quizá por primera vez—por un claro concepto diferenciador entre ellos y los que venían del Este, aparecen en escena con nombres que todavía resuenan en las historias y leyendas repetidas después por los cronistas árabes. Son sin embargo los yeráua –o yaráua— a los que les toca mantener la primera línea del esfuerzo bélico, y tres de sus reyes, Gasmul, Kusaila y La Qahina –el primero y la última judíos, y cristiano el segundo—, además de ampliar su hegemonía en base al protagonismo político, son capaces de detener los antes rápidos avances musulmanes durante tres décadas.

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La última reina yeráua, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de La Qahina, sucumbe en el campo de batalla, y sus hijos, convertidos al Islam, son los artífices de una cadena de conversiones a lo largo y ancho de los actuales Argelia y Marruecos; conversiones que permiten a Musa ibn Nusair completar la conquista del norte de África, en lo que constituyó el preludio del derrumbe visigodo en Hispania y el nacimiento de al-Ándalus.

Las tropas musulmanas de origen judío –conversos y no conversos— eran tan numerosas que no resulta extraño que los fulgurantes avances islámicos se apoyaran en las juderías españolas hasta entonces bajo el dominio visigodo, de ahí los cinco breves años en los que se ocupa la península ibérica casi en su totalidad. Luego, la grandeza de al-Ándalus inunda cultural y comercialmente a casi todo el Mediterráneo occidental, arabizando e islamizando incluso ese Magreb en el que pervivían, sólidas y fuertes, comunidades judías que se resistieron –en algunos casos, como el de los habitantes de Sefrú, cerca de la actual Fez, hasta bien entrado el siglo XVIII—, y que son el origen del componente judío del Marruecos del XIX.

Más tarde, en el siglo XV, la expulsión de los sefardíes aporta un gran número de familias judías españolas hacia el norte de África, donde se encuentran con sus parientes después de ochocientos años de diferenciación. Este encuentro da lugar a la fusión de las dos ramas judías, la sefardí y la magrebí, que encuentran en Marruecos un solar en el que la convivencia devuelve a unos y a otros los rastros perdidos de su cultura. Pero la situación que, hoy día, llamaríamos periférica del Marruecos del XVI no permite una difusión clara de este fenómeno, que aunaba por una parte las raíces invariables de los que se quedaron, y la impranta hispano-andalusí que los sefardíes se llevaron con ellos.

Sin embargo, el deterioro de la situación política interna marroquí arrastró inevitablemente a estas colectividades otrora tan bien asentadas y, para mediados del XIX, las juderías marroquíes –conocidas como Mel-lahs— vivían una situación que, hoy día, podemos calificar de infrahumana.

Cuando España ocupa Tetuán, durante la guerra de 1860, las autoridades militares se horrorizan ante la situación de desigualdad reinante entre musulmanes y judíos, a pesar de que estos últimos eran considerados como ciudadanos por el propio estado marroquí. Las medidas subsiguientes adoptadas van encaminadas, ante todo, por restaurar la situación de los hebreos tetuaníes, y se crea un Ayuntamiento bipartito, con dos alcaldes, uno musulmán y otro judío, auxiliados por sendos consejos de once miembros; se derogan todas las leyes y normas que atentan contra la dignidad y los derechos de los judíos y se emprende una acelerada reforma de las infraestructuras ciudadanas que permitan moderar las malas condiciones de vida que, de un modo general, imperan en la ciudad.

La retirada de España, dos años después, determina una fulminante reacción en la comunidad israelita de Tetuán, alentada por los beneficios del patronazgo español y, a la vez, temerosa de las esperadas reacciones de sus conciudadanos musulmanes. En ese mismo año, 1862, tiene lugar una casi general migración de los judíos tetuaníes, que dirigen sus pasos a Ceuta, Gibraltar y, también, a Melilla, en la confianza de poder alcanzar, bajo la administración de España o Gran Brtetaña, la prosperidad que les negaba en Marruecos el futuro.

Fecha importante esta para la ciudad de Melilla, por cuento es en ese mismo año en el que se declara Puerto Franco en un intento por competir con los intereses franceses, implantados con cierta solidez en el escenario argelino y marroquí. La llegada, pues, de un primer contingente de judíos tetuaníes, es el motor que pone en marcha la nueva economía melillense cuando esta ciudad, todavía, no se acababa de desembarazar de su carácter de fortaleza militar.

Las guerras dinásticas y la inestabilidad en todo orden campan por sus respetos en el Marruecos de finales del XIX, y es este el motivo que origina que la mayoría de los hebreos de la zona centro —Fez y Taza—, se vean obligados a abandonar su tierra y dirigirse allí donde sus vidas y sus haciendas no corran peligro. En 1903, la especial virulencia de las masacres perpetradas contra los judíos de Taza, por parte de las tropas imperiales y las del pretendiente a la corona, determina un éxodo masivo de familias judías que se dirigen hacia Melilla, que las acoge y en la que fijan su residencia, accediendo a la nacionalidad española en breve tiempo.

Este aporte, de mayoría magrebí, y los antiguos residentes, de mayoría sefardí, conforman la base de la actual población judía melillense, cuya comunidad se incrementa con el paso de los años llegando a ser determinante en la ciudad y, sobre todo, representante de su carácter comercial, tanto en el sentido de canalizar las exportaciones españolas hacia el interior de Marruecos como conectores de las importaciones de artículos africanos reexpedidos hacia Europa.

El protectorado español de Marruecos —resultado final del total deterioro de la estructura del país—, que se inicia en 1911, amplía los horizontes comerciales de Melilla al aprovecharse la soltura de los judíos melillenses en el ámbito norteafricano, pero la concesión de independencia, en 1956, determina una afluencia masiva de judíos hacia la seguridad de las fronteras españolas, lo que hace aumentar la población judía de Melilla hasta alcanzar un 20 % de su población total.

Hoy día, muy disminuido su número, pero compartiendo el espacio vital español en esta costa africana con las otras comunidades —la hindú, muy minoritaria, la cristiana y la musulmana—, sigue formando parte fundamental de la colectividad que hace de Melilla un enclave especial por su singularidad multicultural.

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